La honorabilidad de la masonería y algunos malentendidos

GABRIEL JARABA

La masoneria es una sociedad discreta pero aspira a tener una buena consideración por parte de la ciudadanía. La Gran Logia de España está llevando a cabo una ambiciosa campaña de relaciones públicas para que “se devuelva la honorabilidad a la masonería”, cuyo objetivo es comprensible y deseable pero el planteamiento textual es inadecuado: la masonería nunca perdió la honorabilidad, la perdieron los fascistas, reaccionarios, genocidas, represores y asesinos que desearon erradicarla de nuestro país enviando a sus miembros al pelotón de fusilamiento, al exilio, a la cárcel o al ostracismo. Hace por lo menos tres lustros que el Parlament de Catalunya emitió una declaración de reconocimiento de la honorabilidad de la masonería, siguiendo precisamente esos antecedentes; la asamblea legislativa catalana no nos devolvió la honorabilidad sino que reconoció la dignidad que nunca fue perdida.

Pero a veces somos los francmasones mismos quienes deseando poner el acento en la excelencia de nuestra institución y demostrar que han decorado nuestras columnas ciudadanos ejemplares de todos los sectores y actividades nos complacemos en hacer listas de “masones famosos”, en las que inscribimos a personajes reconocibles sólo con oir su nombre. Los signatarios de la declaración de independencia de Estados Unidos y muchos de sus presidentes, como George Washington, Benjamin Franklin o Franklin D. Roosevelt; industriales como André Citroên o Henry Ford; músicos como W.A. Mozart, Haydn, Beethoven, Duke Ellington o Phil Collins; astronautas como Aldrin, Glenn, Schirra y Armstrong; grandes figuras hispánicas como Ramón y Cajal, Blasco Ibáñez, Tomás Bretón, Lluís Companys, Ventura Gassol y Andreu Nin; revolucionarios como Bakunin, Garibaldi y José Martí; filósofos como Lessing, Herder, Fichte, Goethe, Krause y Voltaire, y así hasta completar una larguísima lista que viene a constituir un “gotha” de la filiación masónica incomparable al de cualquier otra asociación.

Tengo la sensación, y puedo estar equivocado, de que esa nómina que constituye innegablemente una marca de honor acaba por jugar un papel contrario al que nosotros le atribuimos al exhibirla. Más allá de los personajes destacados que han sido masones a lo largo de la historia, las logias han estado integradas en su abrumadora mayoría por personas modestas, gente normal y corriente de extracción popular. Hoy día los masones en todo el mundo son asalariados, profesionales, obreros cualificados, gente de clase media, oficinistas e industriales y por supuesto desempleados. Dejando aparte algunos círculos londinenses y diplomáticos, es difícil hoy día hallar personalidades relevantes en las filas de la masoneria, a excepción de algunos profesionales o académicos. El pueblo masónico es actualmente pueblo: clases medias, asalariados y profesionales. Y mujeres en número creciente en la masonería adogmática o liberal. A pesar de este hecho, lo que permanece es la falsa idea de que los masones son personas de la élite, dotadas de poder económico por sí mismas o del que han podido conseguir mediante una red de relaciones que les ha hecho influyentes. Esa es la idea que, nos guste o no, tiene la mayoría de la gente sobre la masonería, fomentada, nos plazca o no, por las estrategias reaccionarias antimasónicas y antiprogresistas. Y esa idea ha sido reforzada por esa comprensible pero ingenua tendencia a elaborar listas de masones famosos.

La acusación de elitista a la masonería no ha sido gratuita sino que ha respondido a una estrategia orientada a la involución de la democracia. Las acusaciones descabelladas que los sectores más retrógrados de la religión o el pensamiento reaccionario han ya no son escuchadas pero han dejado cierto poso en las conciencias; lo que sí halla eco en la gente ahora es la imputación a la masonería de ser algo propio de las élites que se reparten el pastel dejando de lado a las personas corrientes, una cosa que no sólo funciona al margen del pueblo sino en su contra. Eso sí que halla pábulo entre la ciudadanía. Y a esa falsa conciencia contribuimos nosotros con nuestras bienintencionadas relaciones de masones famosos, a veces exhibidas  en espacios masónicos incluso de manera tan legítima y honorable como dudosamente provechosa.

Ese recelo antielitista consolidado en amplios sectores de la ciudadanía ha sido consecuencia de un plan deliberado. Ahora podemos ver la razón de ser, el alcance y el trasfondo de un pensamiento reaccionario que se ha pretendido antielitista y ha encontrado en las ideas de fraternidad universal, entre ellas la idea masónica, el objetivo a batir. La razón de ser de esa larga trayectoria, que se ha distinguido por el antiintelectualismo, el desprecio de la cultura, el menoscabo de las Naciones Unidas y el demérito de la política democrática ha sido llevar a alguien como Donald Trump a la presidencia de la primera potencia occidental para acelerar el proceso de regresión democrática decidido por las élites –esas sí– de las insoportables desigualdades que vive el mundo.

Trump y el trumpismo no son una anécdota sino el culmen de una estrategia y el inicio de una nueva etapa histórica: el ataque final al estado del bienestar, a la solidaridad internacional, a la cultura de los derechos humanos y a la democracia liberal. Es decir, a los valores y realidades sociopolíticas por los que los masones trabajamos. El antiintelectualismo y el antielitismo reaccionarios –en Trump pero también en Le Pen– se suman al desprecio por la cultura que se ha inoculado tan eficazmente en las clases trabajadoras españolas y que halla su máxima expresión en el odio a la escuela tanto por parte de alumnos como de padres. Los masones españoles nos encontramos en medio de una batalla ideológica cuyo alcance no llegamos a percibir con claridad porque nos centramos en la consideración de la política partidaria e institucional. Y lo que sucede en nuestro entorno, como asalariados y gente corriente que somos, debería llevarnos a pensarlo dos veces antes de exhibir nuestras mejores galas en lugar de poner en funcionamiento nuestras mejores herramientas.

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