El nuevo gran centro masónico de Barcelona, una grave responsabilidad

 

GABRIEL JARABA

La apertura de un nuevo y amplio centro masónico en Barcelona, propiedad de la Gran Logia Simbólica Española y el Supremo Consejo Masónico de España gracias al impulso de la Fundación Eugen Bleuler marca un hito en la historia de la masonería en nuestro país: hacía un siglo que la orden no disponía de un local de amplitud y accesibilidad social semejantes. Más de 1.200 metros cuadrados repartidos en dos pisos, cuatro templos, diversas salas de reuniones, biblioteca, sala húmeda y un diáfano hall a pie de calle acogen desde ahora a las dos mencionadas potencias masónicas y a otras que se encuadran en la masonería llamada liberal.  El cambio de época es cuantitativo y cualitativo a la vez: pasar de locales en pisos a veces recónditos a habitar un amplio espacio con vocación de presencia social. Veremos con toda seguridad a la masonería adogmática plantear sus propuestas a la sociedad civil desde esa nueva plataforma barcelonesa entendida como un espacio de convivencia cívica y de reflexión democrática que aspira a la transformación social de modo que ese gran centro masónico de Barcelona se convierta, ojalá, en un punto de referencia más de la vida social y cultural de la ciudad y del país.

Estoy convencido de que la alegría que estamos viviendo los masones con el disfrute de nuestro nuevo ateneo no nos oculta la grave responsabilidad que contraemos hacia la propia orden y la sociedad entera. El centro masónico de la calle Vallès 87 es la sede federal de la Gran Logia Simbólica Española y el Supremo Consejo Masónico de España y con ello sitúa a Barcelona como capital institucional  de sus organizaciones, extendidas por España, con lo que nuestra masonería predica con el ejemplo al hablar de descentralización y pluralidad. Desde el 1 de octubre, con la asistencia multitudinaria a la inauguración del templo Roger Leveder,  el lugar es ya un espacio de acogida fraternal y cálida a los masones provenientes de todos los orígenes geográficos y obedienciales. Y Barcelona, como ciudad y como capital de Cataluña, es un tejido vivísimo de intercambio e incluso contraposición de ideas, de impulso de acciones sociales, con lo que si deseamos intervenir en ese panorama, deberemos ser capaces de hacerlo con solvencia, prudencia y autoridad.

Ese nuevo escenario de un gran centro masónico abierto a la ciudad en una capital vibrante es un signo revelador de lo que se ha dado en llamar la sociedad de la complejidad. La presencia y visibilidad pública de la masonería adquiere con ello una nueva dimensión: más amplia pero también más compleja. No se trata ya de plantearse estas cuestiones en términos de mera comunicación o de búsqueda del prestigio institucional. Ciertos acontecimientos en Canarias han mostrado recientemente que una visión simplista de esta cuestión puede conducir a resultados indeseados. El Parlament de Catalunya, en contraste, tomó hace ya unos cuantos años la decisión de proclamar la dignidad y el reconocimiento de la masonería, cosa que fue beneficiosa para todos sin distinción alguna de obediencias. Actualmente, medios de referencia como La Vanguardia, El País, Barcelona Televisió y Nació Digital han dado cuenta de la inauguración del gran centro masónico barcelonés con seriedad y espíritu de reconocimiento, contribuyendo fehacientemente a la normalidad que deseamos y merecemos. Queremos hacernos visibles pero no buscamos publicidad; abrimos nuestras puertas a la sociedad pero no le imponemos nuestra presencia, ni en el espacio público ni en instituciones confesionales ni de ningún otro tipo. Estamos en la ciudad por derecho propio de ciudadanía y no mediante politing comunicacional alguno. Nos enfrentaremos ahora a la tarea realmente ardua de conseguir que unas ideas, correctas o equivocadas, se hagan presentes en el ágora pública para su oportuna consideración. Y en el seno de una sociedad compleja que, en medio de tanto ruido comunicacional y de sucesión de imágenes, precisamente por ello valora el gesto certero y contenido. Ojalá sepamos estar a la altura de la situación.

Imagen: templo Roger Leveder.

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