Discurso de Nieves Bayo, Gran Maestre de la GLSE, ante la Comisión Europea

Bayo Timmermans

La Gran Maestre y Presidente de la Gran Logia simbólica Española, Nieves Bayo, pronunció un discurso ante la Comisión Europea, el 30 de junio de 2016, en el transcurso de una sesión dedicada a la crisis de los refugiados. La intervención se produjo en el marco de una reunión de alto nivel a la que fueron convocadas diversas organizaciones no confesionales de la Unión Europea para debatir sobre esa cuestión.

Nieves Bayo hizo una encendida defensa del ideal europeista y de la idea de una Europa unida como meta irrenunciable y animó a trabajar activamente para aprovechar el potencial creativo de quienes aspiran a integrarse en ella provenientes de terceros países en conflicto.

El discurso de la Gran Maestro de la GLSE, representativo de los debates que sobre la cuestión de los refugiados, el ideal europeista y los derechos humanos se producen en el seno de esa obediencia masónica, fue preparada, al alimón con la presidenta de la obediencia masónica española, por Gabriel Jaraba, editor de este blog, asimismo miembro de esa organización.

 

Durante los días en que preparábamos la presente intervención ante esta audiencia se produjo el asesinato de la miembro del Parlamento británico Jo Cox ,  trágico suceso ocurrido en el contexto de la campaña del referéndum sobre la permanencia o salida del Reino Unido de la Unión Europea. La emoción sentida ante este hecho, que más que indignada es rotundamente sublevada, cuando da paso a la racionalización, nos muestra algo que sorprende y conmueve: he aquí que tenemos una víctima de un terror antieuropeo no islamista; Jo Cox murió a causa de su fe en la idea de Europa y de la defensa militante que de ella hizo. El hecho de que su asesino pueda ser una persona aislada no  niega esta realidad. Si la idea de Europa es algo por lo que vale la pena vivir, ahora es también algo por lo que alguien ha dado su vida.

Voy a sostener, pues, una posición optimista y esperanzada respecto a la actual crisis de los refugiados que ha alcanzado a Europa. Ante esta crisis y las derivaciones asociadas a ella, se suele reclamar la aportación de posiciones realistas, de actos de sensatez. Vayamos entonces con un hecho real. He dicho que se trata de una crisis que ha alcanzado a Europa, y no que vive Europa. Quienes viven ese drama son los refugiados, no los ciudadanos europeos. Los europeos hacemos frente a las consecuencias de esta situación, que es que los refugiados recurran a Europa en busca de ayuda. Parece una precisión nimia pero no lo es: escuchando ciertas voces da la impresión de que las víctimas seamos nosotros cuando lo son ellos. Por tanto, seamos realistas en sentido estricto: la crisis de los refugiados plantea problemas a los ciudadanos europeos, pero el verdadero y gran problema lo tienen quienes acuden a Europa en busca de refugio.

Ahora veamos otro acto de realismo que lleva consigo una consideración optimista. Cuando los europeos nos indignamos por el drama de los refugiados y reaccionamos confusos ante las consecuencias de este problema, muchos de nosotros nos comportamos de una manera que viene siendo recurrente: criticamos duramente las posturas de rechazo que se dan en algunos de nuestros estados miembros y llegamos a abominar de lo que llamamos “hipocresía” o “ausencia de valores” en tal situación. Llegamos incluso a culpar a la propia Unión Europea y le atribuimos una serie de defectos, debilidades y responsabilidades. De un día para otro rechazamos la validez y la pertinencia del ideal europeo movidos por la indignación. Pues bien, seamos realistas de nuevo: son los refugiados y, en general, los ciudadanos de países en crisis quienes nos vienen a asegurar que el ideal europeo y la situación en nuestro continente valen la pena y lo valen mucho. Es decir, ellos quieren venir a nosotros, vivir entre nosotros,  disfrutar de lo que disfrutamos nosotros, que es paz, seguridad, libertad, derechos y prosperidad. Cuando huyen de la tragedia y del conflicto no se dirigen a los países del Cercano Oriente, del norte de África o de Asia, sino que emprenden el camino hacia Europa.

Qué cosa más extraña: esa Europa, que tan rápidamente corremos a rechazar y a la que denostamos a partir de nuestra justificada indignación, es una Europa que las víctimas de esos conflictos consideran el refugio que necesitan, el lugar en el cual puedan emprender una nueva vida donde se les acoja, se les respete y se les proporcione la seguridad que desean. ¿Se percibe la paradoja? Esa Europa en proceso de unión, ese continente que está llamado a convertirse en un espacio de prosperidad en libertad y seguridad, ¿eso es lo que despreciamos y criticamos? Los refugiados vienen a llamar no sólo a nuestras puertas sino a nuestras conciencias.

Reflexionemos: los refugiados han escrito en nuestras conciencias que el ideal europeísta es esencial en nuestras vidas; que es algo por lo que se merece luchar y arriesgar valientemente incluso la vida. Pero no sólo por el ideal europeísta sino por la realidad actual de las sociedades que componen Europa.

Pues no son solamente las actitudes euroescépticas, populistas y xenófobas los obstáculos en la superación de esta crisis. Lo es también un euroescepticismo que no se confiesa como tal pero que surge como reacción emocional ante una situación compleja que supone un reto que no puede ser sino político. Dado que nuestra solidez ética ha quedado probada, aún está por ver la capacidad que tenemos de convertir el imperativo ético en políticas prácticas.

Primera buena noticia pues, y primer argumento para el optimismo. Europa vale la pena. No sólo el ideal europeo debe permanecer intacto sino su propia realidad. No queremos menos Europa sino más, y resulta que son los solicitantes de asilo quienes nos la reclaman. ¿Seremos capaces de hallar vías políticas adecuadas para incorporar a esos creyentes en Europa al proyecto de construcción de una Europa Unida? Eso va más allá de la solidaridad; va en dirección recta hacia el futuro, un futuro imprescindible para la preservación de la Unión Europea como espacio de realización de los derechos humanos.

Vamos ahora con la segunda buena noticia. Los refugiados de los conflictos del Cercano Oriente son personas que a su vez valen la pena. Nuestra Europa vale la pena, quienes desean formar parte de ella también. No sólo por dignidad, inherente a cualquier ser humano por derecho de nacimiento; no sólo por su desvalimiento, que reclama la consiguiente protección, igualmente legítima. Seamos de nuevo realistas y veamos las cosas con, si se quiere con sentido práctico: los refugiados son, en gran parte, personas de clase media, instruidas y muchos de ellos profesionales cualificados. De hecho, muchos de los puestos de trabajo que las economías nacionales tratan de crear son, en la práctica, empleos que no van a parar a los ciudadanos del propio país. Y, mientras tanto, ahí tenemos una nueva e inesperada clase profesional, que habla inglés y otros idiomas, que podría contribuir de modo muy importante a la prosperidad de Europa. Eso es lo que ellos desean y es algo de lo que podríamos beneficiarnos todos, y no lo hacemos a causa de una visión sesgada y limitativa de la calidad de los refugiados que llegan, o desean llegar, a nuestra Unión.

Ese es un error descomunal, la renuncia a una fuerza de trabajo cualificada, perteneciente a clases medias profesionales, dotada de iniciativa y valentía, las condiciones necesarias para abandonar el propio país y lanzarse a la aventura. ¿Es eso lo que estamos rechazando? ¿Es a eso a lo que contraponemos una barrera? Debemos reflexionar seriamente sobre esta cuestión y hacerlo de un modo tanto realista como optimista: nuestro autoflagelamiento respecto a las actitudes de rechazo de los refugiados discurre en paralelo a nuestra falta de visión de futuro respecto a su valor como inyección de energía creativa para nuestros países.  No debemos ofrecerles solamente solidaridad y vías de integración; debemos proporcionarles, y proporcionarnos, la oportunidad de poner en marcha una gran fuerza sociopolítica, profesional, comercial, cívica y democrática protagonizada por la unión de dos know-how enormes: la fuerza de la idea y de la realidad de la Unión Europea y la fuerza de la aspiración activa –y desesperada—de crearse un futuro en el marco de una nueva nación. Víctor Hugo dijo que no hay nada más poderoso que una idea a la que su momento ha llegado. ¿Será que el presente momento de crisis de refugiados señala la llegada del tiempo de poner en la piedra de toque el atractivo, la validez y la aspiración a una Unión Europea como la que soñaron nuestros padres fundadores?

Debemos abandonar sin vacilaciones la auto conmiseración, el paternalismo y el miedo. Debemos trabajar por más Europa y no por menos. Debemos emprender un diálogo intercultural que no pase por la cortesía del lenguaje políticamente correcto. Debemos estar orgullosos de nuestra Unión Europea, tan orgullosos que tengamos el coraje para compartirla con nuevas incorporaciones de ciudadanos que tienen mucho que aportar a ella.

No, no debemos avergonzarnos de Europa. Debemos considerarla algo tan valioso y digno de aprecio como lo hacen quienes arriesgan su vida por llegar a ella. Debemos ostentar un legítimo orgullo respecto a la identidad europea y el proyecto de Unión entre todas sus naciones. Solamente a partir de esa conciencia estaremos en condiciones de aceptar la incorporación de la nueva energía creativa que representan los refugiados. El autodesprecio, la infravaloración de lo valioso que tenemos y que hemos conseguido no beneficia a nadie. Para empezar, no beneficia a quienes vienen en busca de refugio. No lo hace porque ese auto desprecio no se traduce en políticas activas que cambien las cosas. No lo hace porque no alcanza a movilizar fuerzas que puedan revertir la situación y la acción de quienes rechazan a los refugiados. Es una actitud moralmente digna pero políticamente poco inteligente.

No debemos temer a los refugiados; a lo que verdaderamente hemos de temer es a nuestra incapacidad de aprovechar inteligentemente su energía creativa. No basta con denunciar a quienes les rechazan; es necesario movilizar fuerzas que permitan incorporar a quienes pueden hacer una aportación positiva. Miremos la cuestión de cara: ahí tenemos a miles de europeístas que no son ciudadanos de la Unión Europea, cuando en el interior de nuestro continente habitan bastantes euroescépticos. ¡Qué situación más paradójica! ¡Qué broma más cruel! Los de dentro no aprecian aquello que los de fuera desean conseguir por todos los medios.

Como habrán visto ustedes, no me he referido en esta intervención a cuestiones tan importantes como las posiciones de grupos políticos euroescépticos e incluso xenófobos. Tampoco he hablado de imperativos de solidaridad y de tareas de integración de los nuevos llegados a nuestros países. Disponemos de una cultura democrática suficiente para tomar en consideración las cuestiones relativas a estos aspectos y sabemos tratar adecuadamente de manera política, teórica, filosófica, ética y legal los problemas a ellas asociadas. A buen seguro hay aquí personas y grupos representados que se hallan en mejor situación que yo para hacer aportaciones en este sentido. Como he dicho al principio, a lo que apelo es al corazón mismo de la existencia de la Unión Europea: la voluntad de hacer de nuestro continente una entidad sociopolítica que demuestre que los seres humanos pueden vivir en paz, armonía y prosperidad.

Discurso pronunciado por Nieves Bayo Gallego, Gran Maestre de la Gran Logia Simbólica Española.

(Speechwriting: Gabriel Jaraba, 33º, Gran Logia Simbólica Española, Supremo Consejo Masónico de España).

Más sobre las intervenciones de la  Gran Logia Simbólica Española en las instituciones europeas.

Fotografía: Nieves Bayo con Frans Timmermans, vicepresidente primero de la Comisión Europea.

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