Los valores de la masonería en la construcción de Europa

El texto que sigue es la plancha que fue leída en la asamblea general de la Gran Logia Simbólica Española celebrada el 7 de junio de 2014, trazada por el hermano Carretero. Recuerda que fue un masón, Aristide Briand, primer ministro de la República Francesa, quien en 1929 propuso por primera vez ante la Sociedad de Naciones, en 1929, la idea de una federación europea. Y llama a recuperar y potenciar la idea de libertad, igualdad y fraternidad por encima de las fronteras, cuando tanto eurófobos como euricidas la amenazan.

Eneste momento, mientras estamos aquí reunidos, los diputados que acabamos de elegir los ciudadanos y ciudadanas de Europa para que nos representen en el Parlamento común de Estrasburgo visitan la enorme Cámara, comprueban cuál es su asiento, presentan sus credenciales, forman los grupos en los que habrán de integrarse… y muchos contemplarán, supongo que con cierta curiosidad, sus nuevos despachos.

Aproximadamente uno de cada siete de esos diputados ha ganado su escaño asegurando a sus electores que no cree, ni confía, ni tiene la menor esperanza en ese Parlamento. Que trabajará para que desaparezca. Y que piensa hacer lo mismo con el resto de las instituciones europeas, desde la Comisión a la moneda única, desde el Consejo a los Acuerdos de Schengen, al Tratado de Lisboa y a todo lo logrado en el ya largo camino que comenzó a las seis de la tarde (en realidad, las seis un poco pasadas) del 9 de mayo de 1950, en el Salón del Reloj del Quai d’Orsay de París. Ese día, el ministro francés de Asuntos Exteriores, Robert Schuman, leyó ante doscientos estupefactos periodistas la histórica declaración que lleva su nombre y en la que explicaba que creía haber hallado algo así como el huevo de Colón: la manera de lograr que Francia y Alemania, o mejor dicho que franceses y alemanes, que llevaban combatiendo entre sí más o menos desde que se murió Carlomagno (hace ahora 1.200 años), no volviesen a declararse la guerra nunca más. Ese discurso de hace 64 años, la Declaración Schuman, es la partida de nacimiento de lo que hoy llamamos Unión Europea. Eso mismo que uno de cada siete eurodiputados pretende destruir.

¿La Unión Europea es Europa? Está claro que no. Este de ahora es el último intento de lograr algo que mucha gente se ha propuesto a lo largo de los siglos y que siempre, siempre, ha fracasado porque parece haber ido, cabría pensar, contra las leyes de la naturaleza humana. O al menos está claro que parece ir contra la naturaleza de los europeos.

Europa, este pequeño espacio de apenas diez millones de kilómetros cuadrados (y la mitad de ellos casi no cuentan porque son estepas rusas medio va­cías) albergó, gracias a su clima benigno y a sus mares calientes, como decía Morgenthau, una población mucho más numerosa, en proporción a su territorio, que la de la mayoría de los lugares del planeta. Una población básicamente próspera (con evidentes altibajos) que creó lo que hemos llamado civilización occidental; que desarrolló antes que nadie la tecnología suficiente como para ponerse en contacto permanente con otras civilizaciones muy alejadas y que, como consecuencia de lo anterior, padeció (y padece desde hace mil quinientos años) la mayor cantidad de fronteras que ha existido jamás en ninguna parte de la Tierra. Ese ha sido siempre nuestro mayor problema como europeos: que nos hemos llevado, históricamente, muy mal unos con otros.

Permitidme un breve ejemplo. En el siglo V antes de nuestra Era, el imperio aqueménida de Darío y Jerjes, o sea el imperio persa, ocupaba un respetable espacio de tres millones de kilómetros cuadrados y disponía de un ejército que el griego Heródoto, que siempre barría descaradamente para casa, calculaba en un millón y medio de soldados.         Bien, dejémoslo en medio millón. Cuando aquellos persas trataron, como todos los imperios, de expandirse, se pusieron en camino hacia el oeste y se tropezaron con algo que no habían visto jamás: un avispero de unas cuarenta pequeñas ciudades, algunas de las cuales estaban tan próximas entre sí que se podía ir y volver andando en el día de una a otra, y que llevaban años y años y años peleándose. Entre todas apenas podían reunir unos 40.000 soldados, pero tal cosa no sucedió nunca porque las riñas de vecinos resultaron ser mucho más importantes para aquellos locos quisquillosos que la amenaza de un gigantesco enemigo común, y no faltaron ocasiones en que algunas de aquellas ciudades, llamadas orgullosamente polis, se pusieron de parte de los persas con tal de fastidiar a los del pueblo de al lado.

Aquellos desquiciados eran los griegos. Es decir, los primeros europeos ilustres que registra la historia. Inventaron, entre otras muchas cosas, la democracia, la filosofía, el primer sistema geométrico serio y las aceitunas aliñadas, motivos todos ellos por los cuales la Humanidad les guarda una profunda y merecida gratitud. Pero hoy resulta casi imposible entender que ganaran a los persas. Y sin embargo lo hicieron.

Aquellos griegos, que aún no eran europeos porque sencillamente Europa no se había inventado todavía, reprodujeron, sin embargo, buena parte de las características que Europa y los pueblos europeos han mantenido hasta ahora mismo: su genio creador, su imaginación, su enorme tesón para el trabajo, su afán de superación, su orgullo… Su inagotable envidia y su absoluta incapacidad para ponerse todos de acuerdo en algo.

Los romanos tenían de Europa (o, mejor dicho, de su imperio, que no era lo mismo) un concepto claramente geográfico: era la primera vez que algunas personas, no todas pero sí las más importantes, sabían dónde estaban casi todos los demás en el continente. Europa era, para ellos, un vasto territorio que ser­vía casi nada más que para obtener recursos, tanto humanos (los esclavos) como sobre todo materiales para mantener el Estado, que funcionaba más o menos como una bicicleta o, mejor todavía, como una de esas estafas piramidales a las que tan acostumbrados nos tiene cierto conocido “empresario” jerezano: en el momento en que dejase de crecer, se colapsaría. Eso fue lo que pasó.

¿Qué idea de Europa es la más válida, si es que lo ha sido alguna? ¿Cuántas ha habido? ¿Cómo se han superpuesto, qué han aprendido unas de otras?

Quinientos años después del colapso del imperio romano, la Europa occidental ya se había erizado de fronteras, aduanas, portazgos y reinos más o menos duraderos que se entretenían en guerras interminables. También había aparecido la religión, que en aquel momento era, increíblemente, una sola: todos creían en el mismo dios, aunque en realidad eso daba igual porque, como no podía ser de otra manera, aparecían constantemente enjambres enteros de herejes, revisionistas, renovadores, apóstatas, santos enfrentados entre sí y fundamentalistas de toda clase y condición que provocaron cismas, y más guerras, y más fronteras y más muertos.

Y entonces llegamos nosotros. Permitidme, QQ.·. HH.·. y Has.·. esta orgullosa primera persona del plural para hablar de aquellos bisabuelos nuestros, los masones operativos, que tenían un privilegio que no disfrutaba casi nadie más: se saltaban las fronteras. Ellos y sus herramientas viajaban constantemente de una punta a otra de Occidente porque poseían un tesoro preciadísimo: el conocimiento del Arte Real, de la arquitectura, cuyos secretos nadie más sabía y que los francmaçons, freemasons, Freimaurer, liberi murarori, pedreiros livres y nuestros mazoneros medievales preservaban con todo celo, porque de aquellos complicados misterios geométricos dependía su próspero modo de vida. Era lógico. Europa se estaba llenando de puentes, basílicas, palacios, bóvedas, arbotantes, tímpanos, lunetos y, por supuesto, las famosas catedrales.

Los contrataban en todas partes. Daban igual el país, el idioma, la moneda o las leyes. No conocían fronteras. De entre la gente pacífica eso sólo les pasó, durante varios siglos, a ellos, a los juglares, a algunos monjes y no a todos los peregrinos. Viajaban sin parar y con ellos llevaban las distintas lenguas, las vestimentas, las formas de comportarse, los juegos, los recuerdos y las noticias de lo que se escribía, se pensaba y hasta se cantaba en un sitio y en otro. Nuestros bisabuelos francmaçons fueron el primer germen de lo que hoy po­dríamos llamar tolerancia civil, porque cuando no se tienen fronteras es difícil reconocer enemigos. Cuando uno tiene una visión general del mundo, tiende a apreciar más en qué se parecen las gentes que en qué se diferencian.

Duró poco. Cuando llegó el Renacimiento y el hombre sustituyó a Dios como eje central del universo, y multiplicó sus conocimientos, su cultura y sus proyectos, multiplicó también, y de qué modo, sus fronteras. En lo que hoy es Italia había diecisiete Estados soberanos diferentes. Pero es que en el 1500, cuando nació el que luego sería Carlos I de España, el Sacro Imperio Romano Germánico se componía de 240 Estados distintos, cada uno con su príncipe, sus soldaditos, su orgullo y su afán de prevalecer sobre el de al lado, lo mismo que los griegos. ¿Aquello era Europa? Hombre, no. Aquel Sacro Imperio, inventado para mantener a raya tanto a Francia como al papa, era un cascarón que pronto se volvió notablemente inútil, podrido por la imposibilidad material de gestionarlo y por la escandalosa corrupción de los Electores.

Y sin embargo sí había Europa y sí había quienes tenían una idea de Europa. O más de una. El emperador Carlos V tuvo nada menos que tres consecutivas. Primero pretendió hacer del continente, o al menos del Sacro Imperio, una unidad política y militar gobernada por su única autoridad. Fue un disparate breve y el emperador salió de él, como tantas otras veces, escaldado. Luego quiso construir otra unidad, también armada, unida por el nexo común de otra idea integradora: el catolicismo, porque los turcos estaban a las puertas de Viena y algo había que hacer. Tampoco salió bien: los príncipes alemanes se pusieron todos de parte de Lutero para evitar que Carlos, aquel señor tan mandón y tan pesado, se metiese demasiado en sus domésticos y minúsculos asuntos.

Por último, el emperador tuvo una idea mucho más interesante: quiso hacer de Europa, atención a esto, una unidad supraestatal basada en el concepto de sí misma, en lo que hoy llamaríamos su cultura, su civilización común, sus valores. Aquello iba más allá de las lindes del Sacro Imperio e incluía también a Francia, a Inglaterra y al mismo papa, un consumado especialista en llevarle la contraria a todo el mundo. Carlos V ya no pretendía unificar sino reunir, poner de acuerdo, buscar puntos y características comunes. Hoy hablaríamos de empatía política. Es verdad que aquella idea nació de la necesidad, porque los otomanos, como el dinosaurio de Monterroso, aún seguían allí, pero la idea por sí misma era, hay que admitirlo, luminosa.

Tan luminosa que, naturalmente, fracasó. Cuando las monarquías nacionales del Renacimiento fueron reemplazadas por las monarquías absolutas del Barroco, por el matrimonio de mutua conveniencia entre el poder de los reyes y el poder del papa, Europa entera no hizo sino levantar todavía más altas sus murallas interiores, sus fronteras y sus largas hileras de soldados armados con picas y arcabuces. Todo vecino era un sospechoso y casi siempre un enemigo.

Pero no se vive un Renacimiento en vano. Pronto surgiría, contra aquella enésima reedición de la locura aldeana de los griegos, una fuerza irresistible: el afán de saber. La difusión del conocimiento, la voluntad de pensar e investigar por encima de la terminante obligación de creer en lo que te mandaban. Eso fue la Ilustración, una obra resuelta e inequívocamente europea que acabaría convirtiendo la libertad de pensar y conocer en un ideal común y en un valor humano. Y es ahí, naturalmente, donde aparecen los masones.

Los masones, aquella gente peligrosa que se empeñaba en reunirse sin vigilancia ni permiso del corregidor, del señor cura párroco o del “ordinario del lugar”, que era el nombre que, hasta hace bien poco, recibía con toda justicia y precisión el obispo diocesano. Los masones, aquella gente inquietante que acogía y respetaba por igual a los que creían en el Dios uno y trino y a los que creían en los falsos dioses, que eran, naturalmente, todos los demás. Los masones, aquellos burgueses desclasados y díscolos que se empeñaban en hacerse preguntas, cuando cualquier buen vasallo y obediente feligrés sabía muy bien que el poder tenía previstas absolutamente todas las respuestas. Los masones, aquellos impíos que hablaban de libertad, cuando cualquiera sabía que la única libertad permitida era la de hacer el bien; y hablaban de igualdad, como si ese concepto demoníaco no fuese la negación misma del orden establecido por Dios en el que los pobres estaban, desde que el mundo era mundo, para servir a los ricos; y que hablaban de fraternidad, que en realidad nadie sabía bien lo que quería decir pero seguro que era pecado.

Los masones, que, ante el peligro evidente de que les metieran en la cárcel por sus peligrosas ideas, se reunían en secreto, lo cual era ya el colmo de la perversidad. Y esto sobre todo: los masones, que buscaban en los saberes iniciáticos algo que los hermanase a todos y que, por tanto, llamaban hermanos a gentes de cualquier nación, de cualquier lugar, de cualquier origen. Los masones, aquellos sinvergüenzas que no admitían fronteras.

La Europa del poder absoluto reventó por sus corroídas costuras no cuando los jacobinos decapitaron a Luis XVI de Francia, sino cuando sembraron por todo el continente las ideas de libertad, igualdad y fraternidad. Europa intentó dejar de ser el desastre inútil que había sido no cuando Napoleón pasó por ella como un efímero huracán, sino cuando aquellos soldados (se decía que el menor de ellos llevaba en la mochila el bastón de mariscal) fueron plantando por todas las naciones, en los feroces agujeros que hacían con sus bayonetas, un código de Derecho en el que se hablaba de libertad, igualdad y fraternidad.

Pero tampoco salió bien. Europa volvió a contradecirse a sí misma, a negarse, a fracasar con más violencia y devastación que nunca antes, cuando sobre las ruinas de los antiguos y minúsculos estados se levantaron, con la fuerza de las montañas, patrias unificadoras, sí; pero patrias que combatían con tremenda furia a las patrias de al lado. Y en medio de aquella danza macabra de sangre, orgullo y patrias, los masones peleaban por la igualdad, la libertad y la fraternidad de los seres humanos, lo mismo en la Plaza Mayor de Madrid, contra los coraceros de Fernando VII, que en la Roma de Pío IX, lo mismo en la Comuna de París que en la Hungría de Sándor Petöfi.

Cuando la Primera Guerra Mundial, gracias al extraordinario y bondadosísimo avance de la tecnología militar, dejó los campos de Europa sembrados con once millones de cadáveres, muchas personas empezaron a preguntarse si no era ya suficiente sangre vertida en nombre de las patrias, de los orgullos, de los imperios, de las banderas, de las diferencias, de las naciones y de las p… sagradas fronteras.

Hubo un hombre, nuestro Q.·. H.·. Aristide Briand, varias veces primer ministro de Francia, que defendió ante la Sociedad de Naciones, en 1929, la idea de una federación europea basada en la solidaridad entre los pueblos, la prosperidad económica y la cooperación. Dijo el Q.·. H.·. Briand: “Entre los pueblos de Europa debe existir un vínculo federal; estos pueblos deben tener la posibilidad de entrar en contacto, de discutir sus intereses, de adoptar resoluciones comunes y de establecer entre ellos un lazo de solidaridad que les permita hacer frente a las circunstancias graves”.

Pobre hermano masón Aristide Briand, que hablaba de pueblos y no de patrias ni naciones ni fronteras. Mientras él decía en Ginebra aquellas cosas tan bonitas, la ambición de los especuladores desencadenaba la mayor catástrofe económica que ha padecido Occidente en la Edad Contemporánea, la crisis del 29. Y la pobreza llevó a la desesperación a millones de personas, y la desesperación llevó a la ira; y la acumulación de agravios patrióticos, rencorosamente atesorados durante las décadas anteriores, fue el espantoso vinagre que le faltaba a aquella ensalada de odio, y todo eso junto llevó al surgimiento de movimientos bestiales y totalitarios en los que, una vez más, no hacía falta pensar nada porque los líderes lo tenían todo pensado, y no había que reflexionar sino actuar, y no había que comprender nada ni a nadie sino marchar, marchar, marchar en formación al son de poderosos himnos y de airosas banderas que, cuando por fin terminaron de pasar, dejaron esparcidos sobre Europa entre 25 y 35 millones de muertos más.

Francamente: eran preferibles las querellas de vecinos entre los griegos y los persas.

Qué era Europa. Qué quedaba de Europa. Para qué servía aquel cadáver deshecho y martirizado por el alambre de espino de las fronteras.

Ahí apareció un francés, Jean Monnet. Y un alemán, Konrad Adenauer. Y un italiano, Alcide De Gasperi. Y sobre todo un europeo que tenía tres patrias en su carné de identidad, Robert Schuman, que fue quien tuvo aquella ocurrencia del huevo de Colón: para hacer cañones hacen falta dos cosas, carbón y acero. Si ponemos el carbón y el acero de franceses y alemanes bajo una autoridad común, conjunta, independiente de los gobiernos de ambos, ya no podrán fabricar cañones. No podrán hacerse la guerra. Asunto resuelto.

Aquella maravillosa simpleza fue el principio de lo que hoy es la Unión Europea. Esa Unión Europea que ha crecido y evolucionado mucho en estos 64 años. Nunca había durado tanto, desde los griegos y Artajerjes, una iniciativa común de los europeos para ponerse de acuerdo en algo, ¡ni siquiera para robar a los demás! Esa Unión Europea que uno de cada siete diputados de la Unión Europea pretende destruir.

¿Y por qué? Porque, una vez más, los especuladores internacionales, en un mundo cada vez más pequeño y ya por completo interconectado, han hecho su salvaje agosto a costa de destruir el trabajosamente logrado bienestar de todos; y la pobreza, una vez más, está llevando a la desesperación a millones de europeos, y la desesperación está volviendo a generar ira, irreflexión, populismo, insolidaridad, demagogia. Y sobre todo miedo, y luego odio, y después desprecio mutuo entre los millones de europeos que ya empezábamos a creer de verdad que las querellas de escalera de vecinos se habían terminado por fin y que el futuro era posible, cercano y sobre todo nuestro. De todos. Pero no: ya asoman por ahí otra vez las fronteras, políticas o morales, raciales o religiosas. Ya volvemos a empezar. Ya volvemos a ser todos los europeos, como de costumbre, presuntos, evidentes, declarados enemigos unos de otros.

V.·. H.·. P.·., S.·. G.·. M.·., QQ.·. HH.·. y Has.·.: por favor, esta vez no. Otra vez no.

¿Qué tenemos que decir y que hacer los masones ante la tormenta que, una vez más, se nos viene encima a todos?

Los masones hemos hecho historia muchas veces en los últimos tres siglos, eso es verdad, pero seamos sinceros: la historia nos ha pasado por encima en muchas más ocasiones de aquellas en las que hemos sido sus protagonistas. Y esta vez la nube negra no nos puede pillar, como casi siempre, sentados. Otra vez no.

¿Qué papel pueden jugar nuestros valores comunes, nuestros viejos y nobles principios, ante lo que parece desencadenarse? ¿Deberemos volver a alzar, una vez más, la bandera de la libertad?

Algunos van a sonreír porque en términos geopolíticos, y sólo en términos geopolíticos, Europa es un santuario de la libertad. Mirad el mapa del mundo. Mirad la libertad que disfrutan los seres humanos en la inmensa mayoría del continente asiático, del africano e incluso del americano, dirán. Somos libres, dirán. De qué os quejáis, muchachos, dirán.

La igualdad es una utopía en la que Europa lleva trabajando desde bastante antes de que Robert Schuman pronunciara su histórico discurso del huevo de Colón hecho de carbón y acero. Pero esa sí está ahora seriamente amenazada, porque quienes han desencadenado esta miserable catástrofe, la crisis que equivocadamente solemos llamar económica, buscan precisamente la destrucción de la igualdad, y saben perfectamente lo que hacen y hacia dónde van: pretenden devolvernos al esquema ancestral de pobres perpetuos y ricos vagos e insaciables; el mismo esquema de los romanos, del feudalismo, del absolutismo teocrático y de la revolución industrial, aunque ahora lo llaman con nombres maravillosamente eufónicos: flexibilidad, estrategias incentivadoras, estímulo de la competitividad del mercado laboral, reformas estructurales de medio plazo, recargo temporal de la solidaridad (eso que siempre hemos llamado miseria), externalización de la gestión, incentivación de la movilidad geográfica del empleo juvenil y otras frases parecidas que todos oímos a diario. Y si la igualdad se destruye premeditada e ideológicamente desde lejanos despachos que nadie ha visto ni sabe bien dónde están, ¿qué clase de libertad nos quedará a los europeos de carne y hueso, sobre todo a los del sur?

Y con esa igualdad combatida y esa libertad demediada, ¿qué será de la fraternidad con que soñaba nuestro hermano Aristide Briand? Pues le pasará lo que al “estacionamiento comunitario de ponderación del bienestar democrático”: que nadie sabrá qué rayos quiere decir eso. Y seguramente seguirá siendo pecado.

Cuando, en cada una de nuestras Logias, el V.·. M.·. se pone en pie y abre nuestros trabajos, dice una frase que a mí me parece fundamental: “En nombre de la Francmasonería universal y bajo los auspicios de la GLSE…”

Francmasonería universal. Yo creo, QQ.·. HH.·. y Has.·. que ahí está la clave, nuestra clave, en este tiempo. Esa frase no está puesta en el ritual para que todos sintamos un breve arrebato de orgullo y satisfacción al pensar que somos muchos y que estamos por todas partes. Esa frase significa que los masones estamos, como siempre, por encima de las fronteras. Nuestros valores no las tienen. Nuestra concepción de una humanidad más libre, más digna y más solidaria tampoco las tiene. Nuestra historia de europeos, desde hace mil años, tampoco. Nuestros bisabuelos, los masones operativos, no conocían fronteras. Nuestros abuelos ilustrados llamaban hermanos a las personas “libres y de buenas costumbres” sin preguntarles de dónde venían. Esa era la esencia, eso era lo fundamental. A los masones que ayudaron a Garibaldi o a Evaristo San Miguel o a Bolívar o a San Martín o a Lafayette, o a los que recibieron en suscuerpos desarmados los balazos de las tropas del autócrata Adolphe Thiers en el París de 1871, nadie les pidió su pasaporte. Ni a los que combatieron a los nazis en la Resistencia francesa.

Si los masones tenemos algo que decir en esta nueva pelea por la paz, la prosperidad y la solidaridad de Europa, yo creo que es esto: universalidad. Somos todos hermanos. Somos todos iguales. Somos todos ciudadanos. Que no nos separen otra vez, que no nos dividan, que no nos enfrenten, que no nos manipulen ni nos mientan por enésima vez, ni nos azucen a unos contra otros en nombre de nada. Otra vez no. Esta vez ya no.

¿Quiere esto decir que un masón no puede ser eurófobo, como se dice ahora con esa palabra que parece que se refiere a una enfermedad del hígado?

Pues claro que puede. Naturalmente. Los masones, todos lo sabemos, tenemos absoluta libertad de pensamiento en cuanto a política y creencias, siempre que nos mantengamos dentro de los límites de la democracia que hemos contribuido a construir y que nos permite trabajar para seguir construyéndola y perfeccionándola.

Pero cuidado: los masones no tenemos libertad para combatir la libertad de los demás, que es la que garantiza la de cada uno de nosotros.

Los masones no tenemos libertad para dejar de trabajar constante y activamente por la libertad, la nuestra y la de todos. Y aún más:

Los masones no tenemos tampoco libertad, en tanto que personas dignas, para retorcerle hipócritamente el pescuezo a la palabra libertad y fingir que significa todo lo contrario a lo que en realidad quiere decir y ha querido decir desde que la inventaron los romanos. Y eso, esa traición miserable del significado de las palabras, lo estamos viendo todos los días.

Pongamos, hermanos, nuestros valores al servicio de la preservación de un inaudito milagro que estábamos en camino de conseguir por primera vez en la historia: una Europa libre, igualitaria, fraternal, solidaria, pacífica por fin, próspera, dinámica, generosa y, como los masones, universal.

Que no nos lo vuelvan a reventar. En nombre de nada.

Otra vez, no.

¡Otra vez, no!

 

He dicho.

 

M.·. M.·. Luis Algorri, simb.·. Carretero.

Or.·. de Madrid, 6 de junio de 6014 (v.·. L.·.)

Asamblea General de la G.·. L.·. S.·. E.·.

Séptimo aniversario de mi Iniciación en la Francmasonería

 

UNA IMPORTANTE PUNTUALIZACIÓN SOBRE ARISTIDE BRIAND:

Un H:. nos hace llegar una puntualizacion sobre la condición masónica de Aristide Briand. Citando a J. M. Quillardet, ex Gran Maestre del Grand Orient de France:

“D’abord, il faut arrêter de dire que les francs-maçons sont à l’origine de toutes les lois progressistes. Nous avons bien sûr joué un rôle important en 1905 pour le vote de la loi sur la séparation des Eglises et de l’Etat, mais ni Jaurès, ni Aristide Briand, ni Maurice Allard n’étaient francs-maçons. L’avortement a été obtenu avant tout par les féministes, même si l’un des nôtres, Pierre Simon, gynécologue et cofondateur du Planning familial, s’est beaucoup battu. Pareil pour la peine de mort : Robert Badinter n’appartenait à aucune obédience”.

Sí que fue masón, en cambio, Gustav Stresemann, el ministro alemán que firmó con Briand la reconciliación francoalemana, según el M:. Q:. H:. autor de esta aportación.

 

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