El general Prim, francmasón

El presente artículo es el texto de una conferencia pronunciada por Joan-Francesc Pont Clemente, Gran Comendador del Supremo Consejo Masónico de España, el 19 de mayo de 2014 en el Real Círculo Artístico de Barcelona. En ella, Pont aporta ingente información sobre los aspectos de la vida política del general Juan Prim y Prats, presidente del Consejo de Ministros de España en 1869, y muy especialmente los elementos que permitirían atribuirle la condición de francmasón.

 

Joan-Francesc Pont Clemente

La ficha de Juan Prim y Prats en el ahora denominado Centro Documental de la Memoria Histórica (antes Archivo General de la Guerra Civil), radicado en la calle de Gibraltar, 2 de Salamanca, corresponde al expediente nº 36 del legajo nº 13 y se halla encabezado por las palabras NO RETRACTADO. Setenta años después de su asesinato, en 1940, ¡o cien!, en 1970, al encargado de aquel archivo policial de la represión aún le preocupaba la no retractación de Prim… Igual que al clarividente funcionario que el 28 de junio de 1941 le cabe el honor de referir en una octavilla que el fallecido General había sido mencionado en la página 10 del nº 13 del Boletín Oficial de la Gran Logia Catalana Balear del mes de marzo de 1901. La ficha contiene otras perlas, como la referencia a una Tenida blanca celebrada en enero de 1915 “a la memoria del que fue ilustre caudillo español y entusiasta masón, don Juan Prim y Prats”. Otra nota describe que la retractación como masón de Eduardo Caballero de Puga realizada el 30 de marzo de 1940 había incluido la denuncia de Juan Prim como miembro de la Orden, una circunstancia que el dicente apoyaba con su condición de vecino de Madrid en 1870. Caballero de Puga, prolífico autor de obras masónicas, tenía 93 años en 1940, puesto que había nacido en 1847; y se había iniciado el año de la muerte de Prim en el efímero Gran Oriente Íbero (1870-74), pasando después al Gran Oriente Nacional de España.

Siguiendo con los datos del archivo salmantino, el lector puede llegar a conocer que la Logia Lealtad de Barcelona celebró una Tenida blanca en conmemoración del natalicio de Juan Prim el 6 de enero de 1915, en el Ateneo Humanidad, calle Ataulfo, 7, 1º. Existe una referencia a la iniciación de Juan Prim, que el Archivo toma del Boletín Oficial [¿del Gran Oriente?] de 20 de abril de 1928, y que se habría producido en 1839 en la Logia Tolerancia y Fraternidad.

La obra canónica que contiene la principal de las referencias a la pertenencia de Juan Prim a la francmasoneria es de carácter antimasónico. Se trata de la Historia de las Sociedades Secretas de Vicente de la Fuente y Condón, quien había nacido en Calatayud el 29 de enero de 1817 que falleció en Madrid el 25 de diciembre de 1889. Fue Abogado y Catedrático de Derecho canónico en las Universidades de Salamanca y Madrid, llegando a ser en esta última rector entre 1875 y 1877. Su obra fue publicada por vez primera en 1874, aunque mereció una nueva edición en 1933, que es la que utilizo, muchos años después de su fallecimiento.

Cuenta de la Fuente que un testigo ocular, que le merece completo crédito, vio entre las bandas que adornaban al difunto presidente del Consejo “una azul que en la parte inferior ostentaba un compás y una escuadra y en el centro el número 33”. Para el autor esto es signo innegable de filiación masónica, sin considerar siquiera, dicho sea tan solo como ejemplo, que pudiera tratarse de una condecoración uruguaya que correspondiera a la bandera de los 33 orientales. En cualquier caso, de la Fuente transcribe una noticia de La República Ibérica del 5 de enero de 1871, en la que se relata como se cubrió el féretro de Prim con una corona de acacias y como un gran número de hermanos rodearon   el lecho mortuorio para dar los pases, signos y baterías de rito, sin poder completar la ceremonia por el gentío que se agolpaba en la Iglesia de Atocha.

De la Fuente concluye que tal noticia es lógica, dado  que él “sabía que el Señor don Juan solía ir a la calle del Luzón, a horas avanzadas de la noche, atribuyéndole a Prim la afiliación al Gran Oriente Español de Rito Escocés “aprobado” y la condición de Maestro Sublime Perfecto del grado 33 masónico. Hasta aquí nuestro autor que, como la mayor parte de antimasones, combina la ignorancia con el descaro. En realidad, el anexo nº 144 del volumen tercero de la Historia de las Sociedades secretas aún debería salir al paso de los desmentidos que la noticia del 5 de enero había generado para permitir ratificarse a de la Fuente, extendiéndose en el significado del ramo de Acacia y evocando a Adoniram… Adoniram, en la Corte de Salomón, se ocupaba del “tributo”, según 1Re 4, 6, expresión que hay que interpretar en su sentido histórico, botín del vencedor, y así lo describe sucintamente 1 Re, 5, 14, como el encargado de gestionar los trabajos forzados de los vencidos y, en general, la formación de las levas militares. En el Rito Escocés, Adoniram es el Inspector, el único Vigilante de las Logias de Perfección. Los autores antimasónicos han tenido una especial obsesión con este personaje, calificando de “masonería adoniramita” a una supuesta rama de la Orden especialmente enemiga del cristianismo o de la religión o de sus dogmas fundamentales, cuando en realidad el Rito adoniramita es una peculiaridad de la masonería cristiana brasileña y portuguesa, a salvo su remoto origen francés en el siglo XVIII.

Si exceptuamos que el propio Miguel Morayta, como explicaré más adelante, se convirtió en vocero de esta historia, es muy posible que los breves párrafos que don Vicente dedicó al tema en una obra especialmente cansina y aburrida no hubieran trascendido más allá de los ambientes clericales más estúpidos y cerriles, si don Benito Pérez Galdós no se hubiera inspirado en ellos para novelar en el tomo titulado Amadeo I de sus Episodios Nacionales (escrito en 1910) que la Basílica de Atocha se había convertido el domingo 1 de enero de 1871, por un   rato, en logia o taller:

“Los masones que eran unos treinta, pertenecientes al Gran Oriente Nacional de España, dieron comienzo a la ceremonia, sin que nadie les estorbara en los diferentes pasos y manipulaciones de su extraño rito.

Descripción del funeral. Lo primero fue hacer tres viajes alrededor de la caja, formados uno tras otro. El primero y segundo viajes iban dirigidos por los dos primeros Vigilantes de la Orden; en el tercero iba de guía el Gran Maestre. Al paso arrojaban sobre el cadáver hojas de acacia. Luego el propio Gran Maestre dio tres golpes de mallete (un mazo de madera) sobre la helada frente de Prim, llamándole por su nombre simbólico: Caballero Rosa Cruz, Grado 18. A cada llamamiento, los masones, mirándose con gravedad patética, exclamaban: “¡No responde!”. Después formaron la cadena mística, dándose las manos en derredor del muerto. El Vigilante declamó con voz sepulcral esta fórmula: la cadena se ha roto. Falta el hermano Prim, Caballero Rosa Cruz, Grado 18”.

Según don Benito, la excesiva permisividad de la Basílica de Atocha con los masones produjo la destitución de su Rector, don Leopoldo Briones, a quien presenta como “varón docto y un tanto hereje (…); liberal sin careta, muy dado al libre pensar y a la libre critica de personas y cosas eclesiásticas”. La descripción que hace Galdós de don Leopoldo nos lo hace simpático y atractivo pues como tal resulta un cura volteriano. Por lo demás, el autor de los Episodios Nacionales no muestra ningún cuidado en evitar errores y contradicciones, dándole igual un grado 18º que uno 33º. Autores masónicos y antimasónicos incurrirán en parecidas incongruencias, aunque no es menos cierto que la francmasonería acabó incorporando a Prim a su panteón de hermanos ilustres…

En 1960, Antonio Pedrol Rius publicó un ensayo titulado Los asesinos del General Prim, en donde apunta al republicano José Paul y Angulo (1842-1892) como el asesino de Prim, una conclusión a la que llega tras la lectura del sumario que jamás llegó a producir una sentencia; y que pareció haber corroborado el propio personaje al poner pies en polvorosa y refugiarse en Gibraltar. En 1934 José Poch Noguer sugería que “la tétrica figura de Paul y Angulo proyectaba una sombra fatídica “[Prim, Juventud, Barcelona, 1934]. Sin embargo, Pere Anguera, en su magna obra El General Prim (Edhasa, Barcelona, 2003), considerada por el profesor Borja de Riquer (en un artículo periodístico al que me referiré más adelante) como la mejor biografía del Conde de Reus publicada hasta ahora, apunta hacia la culpabilidad del General Serrano, como parecen sostener otras investigaciones. José María Fontana Bertrán (El magnicidio del General Prim, Akrón Historia, 2011) exculpa a Paul y Angulo, que habría sido el chivo expiatorio, describe la participación de Serrano en los preparativos, pero su desvinculación del ataque final y apunta decididamente hacia el duque de Montpensier, Antonio de Orleans, candidato frustrado a la Corona. María José Rubio, coordinadora del imprescindible libro de Discursos parlamentarios de Prim publicado en 2012 por el Congreso de los Diputados, y que incorpora siete estudios sobre el personaje de desigual interés (alguno de los cuales citaré por esta simple referencia), considera involucrados a Serrano y al duque y sostiene que fue el jefe de la escolta del Regente quien pagó a los sicarios. Antonio María de Orleans (1824-1890), hijo de Luis Felipe de Francia, casado con Luisa Fernanda de Borbón, hermana de Isabel II, está enterrado en el Panteón de Infantes de El Escorial. Como es sabido, Montpensier mató en duelo a su cuñado, Enrique de Borbón, el 12 de marzo de 1870. Este último personaje, según datos obrantes en la Biblioteca Nacional de París, había sido iniciado como Aprendiz Masón en la Logia Henry IV de París el 14 de marzo de 1868, recibiendo los grados de Compañero y Maestro en los meses siguientes. Se le atribuye normalmente el grado 33º del Rito Escocés, que quizás recibió honoris causa. Su velatorio –cuenta María Teresa Menchén [“El destierro en Tenerife del Infante Don Enrique de Borbón”, en Anuario de Estudios Atlánticos, 1973, nº 19, página 458]- fue organizado por la Logia La Acacia y no asistieron a él ni Prim –a quien Menchén considera también como miembro del Gran Oriente de Escocia, la reiteración ad nauseam de la historia de Vicente de la Fuente- ni Sagasta.

Emeterio S. Santovenia (Prim-Caudillo y estadista, Espasa-Calpe, Barcelona y Madrid, 1933) considera a Prim como un antiguo francmasón y capitán de guardias del Supremo Consejo. Recoge la circunstancia de que el general había sido invitado al banquete de San Juan Evangelista que se celebraba, precisamente, cuando se produjo el atentado de la calle del Turco y que se interrumpió al llegar la noticia a los hermanos. El ágape solsticial habría sido convocado en una fonda llamada Las Cuatro Naciones de la calle del Arenal. Prim habría decidido pasar por el ministerio (al salir de las Cortes, como han explicado otros autores), cenar en su casa y unirse a la reunión fraternal a la hora de los brindis. Éste es el dato que sirve como punto de apoyo a don Benito Pérez Galdós para construir casi todo el capítulo dedicado al atentado en el tomo Prim de sus Episodios Nacionales. Según esta tesis, el presidente del Consejo mandó este recado a sus hermanos a través de Ricardo Muñiz (como describe Galdós en España Trágica). La silla de Prim –que ha pasado a la historia o a la leyenda masónica como el hermano Washington– se dejó vacía para acogerle a su llegada. Si todo esto fuera cierto y Juan Prim hubiera ido directamente de las Cortes al banquete, ese día, al menos, hubiera salvado su vida. O no, según apunta Francisco Pérez Abellán (Matar a Prim, Planeta, Barcelona, 2014, pág. 324), para quien existían tres dispositivos criminales preparados, uno por cada itinerario posible de la víctima: en la calle del Turco; en la de Barquillo, por si cambiaba de ruta; y en la de Cedaceros, por si asistía a la cena masónica. Este autor descarta que el magnicidio pudiera deberse a una conjura masónica, pero da pábulo a los comentarios antimasónicos al uso y no deja de atribuir la condición de francmasones a la mayoría de los asesinos, afirmación que ampara en su aparición en la relación publicada con motivo de la Asamblea del Gran Oriente Español de 1915, presidida por Miguel Morayta.

No dispongo de datos suficientes sobre si los sospechosos del asesinato de Prim eran o no francmasones. Digo sospechosos, porque nunca se llegó a condenar a nadie. Desde luego, los autores coinciden en que José Paul y Angulo no lo era. Pero sí puedo seguir la pista de uno de los imputados: Roque Barcia. En el sumario 306/1870, extractado por Pérez Abellán y por la llamada Comisión Prim de la Universidad Camilo José Cela, presidida por él, y redactora del Informe de 11 de mayo de 2013, puede leerse: al folio 5313 y siguientes, consideraciones sobre el auto de prisión, entre otros, del sospechoso Roque Barcia; al folio 783 y siguientes, reproducción de varias páginas de la revista republicana federal La Federación Española, dirigida por Roque Barcia, en la que el propio Barcia se explaya en “revelaciones” sobre el tema, como la descripción de las horas anteriores transcurridas en el Congreso y fuente de buena parte de las habladurías que han llegado hasta hoy, “revelaciones” que más parecen fruto de la imaginación y de la pasión política del autor que fiel reflejo de lo acontecido …

La Comisión Prim, por cierto, se ha visto duramente contestada por el trabajo de un equipo multidisciplinar de las Universidades Complutense de Madrid y de Alcalá, dirigido por el forense José Antonio Sánchez, hecho público en diciembre de 2013, según el cual el presidente del Consejo murió a consecuencia de una complicación infecciosa causada por las heridas de bala tras su atentado, el 27 de diciembre de 1870, y no estrangulado, como habían asegurado unos meses atrás los especialistas de la citada Comisión Prim y de la Universidad Camilo José Cela, que también realizaron una autopsia al cuerpo, destruyendo por tanto su conclusión principal y creando severos reparos a la veracidad del Informe. En mi opinión, las dos universidades mencionadas en primer lugar se acercan al relato histórico del asesinato y desacreditan los detalles más o menos truculentos añadidos por la leyenda.

No obstante, Roque Barcia (1823-1885), sospechoso del asesinato de Prim, que no culpable, por no haberlo establecido así una sentencia, y que siempre negó su participación, a la vez que se confesaba adversario del de Reus, sí era francmasón. Periodista, escritor y político republicano fundó con Castelar el diario La Democracia, y trató de dirigir desde Madrid la insurrección cantonalista en Cartagena entre julio de 1873 y enero de 1874 durante la I República. Sergio Escot Mangas leyó en 2002 su Tesis doctoral en la Universidad Autónoma de Madrid sobre “Catolicismo liberal en la obra de Roque Barcia: Filósofo, Masón, Clerófobo, Ácrata, Revolucionario, Demócrata, Republicano Intransigente, y demás gentes de mal vivir”. Como mínimo, una logia andaluza llevo en el siglo XX el nombre de Barcia, lo que se hubiera compadecido mal con su condición de asesino de un mito masónico como Prim.

Algunas versiones poco documentadas señalan que habría sido Miguel Morayta (1834 – 1917) quien invitó a Prim a la cena solsticial del día de San Juan Evangelista de 1870, circunstancia   harto difícil al ser el recién Catedrático de la Universidad de Madrid (lo era desde 1868, sucediendo a Fernando de Castro) entonces sólo Aprendiz en la Francmasonería, en la que había adoptado el nombre de Pizarro, no llegando a Gran Maestre y Gran Comendador hasta 1889. El propio Galdós parece dar en España Trágica un papel relevante a Morayta en el banquete, aunque describe que la presidencia era ejercida por Clemente Fernández Elías, cuya condición de profesor universitario de Filosofía y de francmasón es notoria. Emilio de Diego García (en “Prim: un apunte biográfico”, Discursos parlamentarios, 2012, página 201) vuelve a mencionar que Morayta le recordó a Prim en el Congreso durante la sesión de la tarde del 27 de diciembre de 1870 el banquete masónico vespertino. Sin embargo, Morayta no sería elegido Diputado hasta el 8 de marzo de 1871, como indica su ficha en el propio Congreso. La invitación, de producirse, habría partido de Ruiz Zorrilla, ministro de su Gobierno y Gran Maestre y Gran Comendador del Gran Oriente de España en aquel solsticio de invierno que era el primero de su estrenada presidencia, tras una “carrera” masónica atípica, que no es del caso referir ahora. La confusión puede deberse a que fue, en efecto, Miguel Morayta, quien al redactar su Historia general de España desde los tiempos ante históricos hasta nuestros días (Madrid, 1894, tomo VIII) hizo mención, entre muchas otras cosas, verdaderas o fabuladas, a la velada de San Juan de 1870, como también recogió la famosa ceremonia masónica en la Basílica de Atocha del 4 de enero.

Si Prim fue, realmente, el hermano Washington, un nombre simbólico que, ciertamente, le encajaba y que reflejaba lo que es un nombre simbólico en la francmasonería ibérica, la aspiración a las virtudes del personaje o del concepto evocado, ¿a qué obediencia pertenecía? Siguiendo el “cuadro de grandes orientes de España” de Pedro Álvarez Lázaro (La masonería, escuela de formación del ciudadano, Universidad Pontificia Comillas, Madrid, 2005 (3ª ed.), pág. 129), en 1870 hallamos, sustancialmente, dos propuestas masónicas, el Gran Oriente Nacional de España y el Gran Oriente de España, presididos, respectivamente, por Calatrava y Ruíz Zorrilla, sin olvidar el relevante papel del Gran Oriente Lusitano Unido (tras la convergencia de 1868).

¿Qué puede decirse del entorno político de Prim que nos guie en esta investigación? Parece fuera de toda duda que cinco de los ministros de su gobierno eran francmasones: Sagasta (Gobernación), Ruíz Zorrilla (Fomento), Martos (Estado), Moret (Hacienda) y Berenguer (Marina):

–       Práxedes Mateo Sagasta (1825-1903) fue el hermano Paz y desde 1876 hasta 1880 llegó a ser Gran Maestre y Gran Comendador –entonces ambos cargos eran compatibles – del Gran Oriente de España.

–        Manuel Ruíz Zorrilla (1833-1895) fue el hermano Cavour y perteneció al Gran Oriente de España, en el que tuvo una carrera meteórica llegando a ser, también, como ya he mencionado, Gran Maestre y Gran Comendador del Gran Oriente de España (entre 1870 y 1874).

–        Cristino Martos Balbi (1830-1893) fue el hermano Catón y perteneció al Gran Oriente de España.

–        Segismundo Moret y Prendergast fue el hermano Cobden/Moret

–        José María Berenguer, almirante y ministro de Marina, sobre quien Miguel Morayta menciona su condición de francmasón pero sobre la que no he hallado datos.

Ha resultado muy útil para localizar la mayor parte de las referencias anteriores la investigación de Francisco López Casimiro, “Aproximación a un catálogo de diputados masones durante la Restauración (1876-1901)”, Boletín de la Real Academia de Extremadura de las Letras y las Artes, Tomo 21, 2013, págs. 613-666.

Sagasta, Ruíz Zorrilla, Martos y Moret, como Prim, eran liberales, con el significado que esta palabra tiene en el siglo XIX, partidarios de la Nación como asociación de ciudadanos, defensores de la limitación del poder y del avance del conocimiento. La francmasonería era entonces, de forma natural, el espacio de sociabilidad más favorable al liberalismo. Fuera o no masón el general Prim estaba familiarizado con la Orden a través de sus amigos y correligionarios.

En Cataluña, el entorno masónico de Prim habría estado formado por Mariano Fortuny (1838-1874), quien en 1860 se incorporó a su Regimiento durante la primera guerra de Marruecos, con un encargo de la Diputación de Barcelona para reflejar en sus lienzos las calamidades de la guerra; así como por Víctor Balaguer, el patricio de Vilanova i la Geltrú, que legó su biblioteca a las generaciones futuras, como su amigo, el hermano Fiveller, Rossend Arús (1845 – 1891). Victor Balaguer y Cirera (1824-1901) fue el hermano Tamarit y parece que el propio Prim le sugirió el ingreso en la Orden en 1868, en el Gran Oriente de España. En 1860 había escrito Prim: vida militar y política de este general, un elogio encendido del amigo. Liberales eran, pues, también, los amigos catalanes de Prim.

Un reciente estudio aún inédito de Lluis Ferran Toledano, profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona, destaca como un rasgo de la personalidad de Prim el apego, la fidelidad y la constancia en las relaciones con sus antiguos amigos: ¿camaradería de soldado con sus compañeros de armas? ¿apego a sus orígenes? ¿virtud masónica de la fraternidad?

José Antonio Ferrer Benimelli ni afirma ni niega la condición de masón del general Prim, pero recoge lo que podríamos llamar, aunque el autor citado no lo haga, el culto que la Orden le ha concedido a lo largo de las décadas transcurridas y, sobre todo, a partir de 1914, primer centenario de su nacimiento (en Jefes de gobierno masones – España 1868-1936, La esfera de los Libros; Madrid, 2007). El culto a santos, héroes y mártires no es patrimonio de la religión: el librepensamiento y la francmasonería no han dejado de practicarlo, a veces, como una forma humana de recuerdo de los antecesores, otras veces, como fruto de la capacidad que todos tenemos de exagerar. En el caso de Prim es constatable cómo han convivido en la Orden el recuerdo, el deseo y la mitificación; lo que hace ahora difícil separar el grano de la paja. En el mundo profano, han convivido y conviven todavía, de forma contradictoria, la historia, el olvido y la exaltación más o menos interesada del personaje, como ha apuntado con acierto el profesor Borja de Riquer (“Joan Prim, un polític audaç”, La Vanguardia, 30 de enero de 2014).

Agustín Celis Sánchez, escritor y profesor de secundaria en Jerez de la Frontera, atribuye en su cuaderno de bitácora en la Red, las siguientes frases al propio Prim en un extracto que pertenece a su obra Los Masones, Albor Libros, Madrid, 2004:

“Siempre he sido un entusiasta adepto de la Augusta Institución masónica, porque en su seno se templan los corazones para la lucha por la libertad, y se educan los caracteres heroicos que todo lo sacrifican por el bien y felicidad de la Humanidad. En mi vida de luchador por la patria y por la libertad, la calidad de masón me ha librado de graves peligros y me ha allanado el camino en muchas circunstancias verdaderamente peligrosas. Todos los hombres bien nacidos que continuamente ofrendan su vida en holocausto de la libertad de los pueblos se han hecho buenos, puros, generosos y abnegados por las lecciones que recibieron en el seno de las logias.

Si todos los hombres de la Tierra conociesen los postulados masónicos, los hombres se amarían más, los pueblos no se destruirían por egoísmos infernales, y mayor felicidad imperaría en el mundo.

¡Que todos los hombres lo comprendan así!

¡Que los postulados masónicos sean la doctrina de la Humanidad, la religión que dirija los destinos del mundo!

¡Mi mayor timbre de gloria es ser masón, no precisamente por los beneficios personales que he disfrutado, sino por el alimento espiritual que ha recibido mi alma!”.

Las frases son, ciertamente, bellas, pero Celis no menciona la fuente de la que las ha extraído. En general, este autor trata los temas con superficialidad y subjetivismo, lo que no me inspira confianza alguna en la veracidad de la cita, que en toda la Red sólo aparece avalada por él.

Nicolas Díaz y Pérez (1841-1902), periodista, liberal y francmasón, escribió en 1894 La Francmasonería española. Ensayo crítico de la Orden de los Francmasones en España desde su origen hasta nuestros días. En esta obra, refiere con pelos y señales la iniciación de Prim que habría acontecido en 1839. De ser cierta esta aseveración un tanto gratuita, cabria atribuir su iniciación al ambiente liberal de su familia y de su ciudad natal. El profesor de la Universidad Rovira i Virgili, Ramon Arnabat, en una reciente comunicación (Reus, 2014) todavía no publicada, aporta datos que concretan que de niño Prim fue tambor en la Milicia Nacional reusense en el Trienio Liberal, y que la primera Guerra Carlista, que le hizo ya héroe y militar de carrera, la inició como un voluntario más de su ciudad en la Compañía de tiradores de Isabel II. A pesar de esta atmósfera, quizás propicia, en general, se da poca credibilidad al relato, de Nicolás Díaz y Pérez, que puede considerase más que nada una hagiografía ad usum latomorum.

Tengo para mí que, a pesar de que “la ceremonia” de Atocha se atribuye al Gran Oriente Nacional, si Prim fue masón lo habría sido en el Gran Oriente de España, al que pertenecían, como se ha visto, sus amigos. En Cataluña, Arús no llegaría a formar, hasta 1886 – 1888, la Gran Logia Catalana Balear, que se convertiría en 1920 en la Gran Logia Española, precursora en tantas cosas, como el compromiso con el progreso de la Humanidad, de la actual Gran Logia Simbólica Española. Una vez más don Benito Pérez Galdós reflejó que el presidente del Consejo había ingresado “recientemente” en el Gran Oriente Nacional de España, sin que “ingresado” aquí sea sinónimo de “iniciado” y me da la impresión de que todos los autores posteriores han estado influidos por Galdós, quien no pretendía escribir Historia (en España Trágica, páginas 284-285, Episodios Nacionales). Don Ramón del Valle Inclán no puede ser tampoco una fuente de conocimiento, pero sus alusiones a Prim no han dejado de influir en la cultura popular. Así, en La Corte de los Milagros (1927), de El Ruedo Ibérico hace exclamar a un vejestorio:

“¡Imposible!, ¡Prim, grado treinta y tres de la masonería, no puede ser Consejero de la Reina Católica de España! Afortunadamente, el liberalismo está para siempre alejado de Palacio. A Roma no puede disgustársela en las actuales circunstancias, sería corresponder con la más negra ingratitud. España, en medio de la general impiedad, es un ejemplo de respeto a la Santa Sede”.

El culto masónico a Prim ha tenido su contrapartida en la leyenda antimasónica, según la cual el Presidente del Consejo fue asesinado por sus propios Hermanos. Así, Léo Taxil [Los Misterios de la Francmasonería, Imprenta y Librería de la Inmaculada Concepción, 1887, págs. 682 – 683, passim] atribuye “la ejecución masónica” al deseo de Prim de que Amadeo de Saboya gobernara de forma efectiva en lugar de permitir a la Orden ejercer el poder, una burda e insostenible simplificación, que todavía se desprestigia más cando se incluye en un catálogo de asesinatos “masónicos”. En una línea parecida, inspirada por las obras de Vicente de La Fuente y de Léo Taxil, Mariano Tirado y Rojas [La Masonería en España. Ensayo introductorio, Imprenta de Enrique Morato y Hermano, Madrid, 1892, Tomo II, págs. 171-188], atribuye el asesinato al Tiro Nacional, que considera un centro de influencia masónica.

No le han faltado a Prim detractores incluso en su propio bando. Prometió acabar con los fielatos (burots) y con el sistema de quintas y no lo hizo, una vez en el poder. En el Centre de Lectura de Reus, Eugenio Noel no se recató en burlarse del personaje el 21 de marzo de 1912, según ha localizado Quim Besora en el mismísimo Libro de Honor de la entidad:

Pasé por Reus en peregrinación de apostolado republicano. Tengo el honor de agradecer al Centro de Lectura su hospitalidad y unos aplausos cerrados durante mi conferencia al predicar con energía que el heroísmo español, simbolizado en Prim por treinta años de flamenquismo estéril, había muerto. Me llevo de Reus una visión de cultura. Ante la estatua de Prim lancé una carcajada”.

 [Cfr.Juan González Soto:Flamenquisme, el General Prim i el Centre de Lectura de Reus” en Revista del Centre de Lectura, http://www.centrelectura.cat/revistadigital].

Fuera o no francmasón el General Prim, la fama le perseguiría a través de los siglos. Al celebrarse el sesquicentenario de su nacimiento, en 1964, el Ayuntamiento de Reus trató de trasladar a su ciudad natal sus restos mortales, como ha narrado Jaume Massó [“El frustrat intent de traslladar a Reus el sepulcre del general Prim (1964-1965)”, en reusdigital.cat]. Pensada una ubicación en el santuario de la Virgen de la Misericordia, el Arzobispo de Tarragona, cardenal Benjamín de Arriba y Castro, se opuso, dada la filiación masónica pública de Prim. El Ayuntamiento, en lo que algunos consideraron una “consolación” y otros un desafío a la autoridad eclesiástica, decidió seguir adelante con el proyecto, utilizando un predio municipal próximo al recinto eclesiástico, e inició las obras de un mausoleo. Una larga lista de prohombres de la época –entre los cuáles conocí y traté en la Real Academia de Ciencias Económicas y Financieras al profesor Pere Voltes- se opuso a que Prim fuera excluido de tierra sagrada, creando “una discriminación entre la significación espiritual del recinto y la personalidad de Don Juan Prim Prats”, una muestra del lenguaje eufemístico utilizado bajo el franquismo… Entre la intransigencia de Arriba y Castro y la piadosa actitud de quienes no querían condenar al fuego eterno a Prim, el resultado fue el abandono del proyecto del traslado de sus restos. Habría de transcurrir todavía una década para que un Ayuntamiento tardofranquista, que veía en el chauvinismo más localista una posible salida política, llegara a colocar el sarcófago de Prim en el cementerio de su ciudad y medio siglo para que recobrara fuerza y vigor la construcción del panteón, cuya inauguración está prevista para junio de 2014. Se trata de una Sala que se halla en el vestíbulo de acceso al cementerio y que había sido una capilla. Tiene 70 metros cuadrados, es de mármol blanco y el techo es una bóveda de madera.

Quim Besora me hace notar que el sarcófago de hierro de Prim, que fue obra de Plácido Zuloaga, y que pesa 1.600 Kilogramos y está compuesto por 500 piezas, no presenta ningún elemento de simbología cristiana, destacando, junto a uno de los más bellos damasquinados de su época, personajes como los hermanos Tiberio y Cayo Graco, tribunos reformistas romanos, de religión pagana, y que fueron asesinados por sus adversarios. Junto a los hermanos Graco, aparecen también los bajorrelieves de Cayo Mario y de Marco Atilio Régulo, dos cónsules romanos asesinados también.

Entre los símbolos que evocan la vida y la muerte de Juan Prim, un reloj de arena alado en los laterales cortos y guirnaldas de flores, hojas y granadas que coronan a dos calaveras de plata maciza [Montserrat Flores y Marta López: El cementiri general de Reus, Ajuntament de Reus, 2005, páginas 130-38]. Anna Mir, me explica el significado masónico de los elementos escogidos para decorar el sarcófago: el reloj de arena, o clepsidra alada, uno de los más clásicos símbolos funerarios masónicos en el siglo XIX, la caída perpetua del tiempo, el ciclo de la vida que finaliza con la muerte y, también, el principio y el fin; las granadas, símbolo de la fecundidad y del retorno de la vida en primavera, símbolo de la unidad en la diversidad; y la calavera, caducidad de la existencia, condena de los poderosos; recompensa, al cubrirla de laurel y de olivo, de los héroes. En la Francmasonería, aparece desde la prueba de la tierra de la iniciación del Aprendiz hasta el grado 30º, Caballero Kadosch.

Como tuve ocasión de exponer en un artículo publicado en el número 9 de Cultura Masónica, en el grado 30º del Rito Escocés, existe una simbología muy expresiva, que explica perfectamente la presencia de la calavera en el sarcófago de Prim, un sarcófago del que deliberadamente se han excluido las referencias cristianas al uso: una calavera se halla adornada con una lauréola; las otras dos con una corona y una tiara. Los tres protagonistas están muertos, pero la primera calavera es la víctima; las otras dos, los verdugos. La calavera de Prim es la de Jacques de Molay, muerto en la hoguera el 18 de marzo de 1314 por orden de Felipe IV El Hermoso y del Papa Clemente V. La corona de Felipe y la tiara de Clemente no aparecen, no podrían estar junto a la víctima, pero, implícitamente, son evocadas por ella; son los poderes de este mundo, desde los reyes destronados, como Isabel II y sus adláteres y los aspirantes a substituirla, excluido don Amadeo, al Papa que había perdido Roma y los Estados Pontificios el 20 de septiembre del año del asesinato de Prim. Para él, con la muerte, la gloria, simbolizada por el laurel y por el olivo, como gráficamente recoge el grado 4º del Rito Escocés. Para la corona y la tiara, el olvido, la nada. La francmasonería, los liberales, los hombres de bien… lloraron la muerte de Prim, pero el autor de su sarcófago supo incorporar mediante la calavera la virtud humana de la esperanza, que los masones ciframos en la bella expresión de Oriente Eterno. El Oriente Eterno es un espacio de nuestra memoria y de nuestro corazón reservado a quienes nos han precedido en las tareas de construcción del Templo de la Humanidad.

Ciertamente, en realidad, el lugar natural de descanso de Joan Prim hubiera debido ser o un verdadero Panteón de Hombres Ilustres del que España carece, pues el existente en Madrid es la historia de un fracaso y el síntoma de una enfermedad en el alma hispana, o el que al final le ha acogido, el Cementerio General de Reus, creado en 1870, en la estela de la Real Orden de 28 de abril de 1866 que obligaba a construir cementerios municipales en Cuba, rompiendo, por fin, el monopolio funerario de la Iglesia de Roma, que tenía en esta actividad, además del símbolo de su poder de ultratumba como guardiana de la llave del Averno, una pingüe fuente de ingresos, y al amparo de la Ley Municipal de 17 de junio de 1870, una norma inspirada por los liberales, con la oposición de carlistas, neocatólicos y demás clericales, encabezados por la Jerarquía de la Iglesia Católica. En 1867, el Arquitecto Antoni Molner había elaborado el primer proyecto, pero sólo la entrada en vigor de la Ley recién citada y el generoso legado del Abogado y político liberal Josep Sardà y Caylà permitieron la construcción del cementerio, inaugurado el 2 de enero de 1871. En la fachada de la puerta principal se situó una escultura de Agustí Auqué Figueras –como me cuenta Quim Besora- que representaba a Cronos, dios del tiempo, con una guadaña y un reloj, simbolizando los límites inexorables de la vida humana. La estatua fue retirada en 1939 por imposición del Nuevo Estado nacional-católico, no restaurándose la original hasta 2004, conservada en el interior, y situándose una copia en el primitivo emplazamiento.

En efecto, Prim se merecía un cementerio civil. Bajo el amparo de la Constitución de 1869 y el impulso de su Gobierno, con casi ochenta años de retraso respecto de Francia, se había aprobado la Ley de matrimonio civil de 18 de junio de 1870 y se había creado el Registro Civil, mediante Ley del día anterior. Antonio Cánovas del Castillo derogaría el carácter de obligatorio del matrimonio civil contenido en la Ley de 1870, otorgándole validez únicamente para apóstatas, herejes, protestantes y demás disidentes del catolicismo, sólo cinco años después, dando un paso atrás en la secularización iniciada por Prim. Los artículos 75 a 95 de la Ley del Registro Civil regulaban las defunciones y el Decreto de 13 de diciembre de 1870 publicó el modelo de licencia para dar sepultura que era competencia del juez municipal. Es en este marco jurídico laico, nacido de la Revolución Gloriosa, que se pudo inaugurar el Cementerio General de Reus.

Fuera o no francmasón, Juan Prim tuvo la valentía de dar los primeros pasos, tras algunas disposiciones amparadas en la Constitución de Cádiz y las desamortizaciones, en la ampliación de la esfera civil respecto de la religiosa, una idea perfectamente congruente con la defensa de la libertad de conciencia ínsita en la Orden; y lo hizo acompañado de francmasones comprometidos con la libertad de cátedra, la instrucción pública, la abolición de la esclavitud y el combate contra la ignorancia y la superstición. Prim simboliza uno de los “momentos liberales” de nuestra historia durante el Siglo XIX, efímero, porque la Restauración restituiría una parte de su influencia y de su capacidad de coerción a la Iglesia Católica, pero de gran importancia. Así, el artículo 21 de la Constitución de 1869 declaraba que la Nación debería mantener a los ministros de la religión católica, pero garantizaba el derecho de los creyentes en otros credos al ejercicio público y privado de su culto. No se había llegado todavía a la libertad de cultos, sino a la mera tolerancia, pero la Iglesia se sintió fuertemente agraviada. Por el surco abierto, la nonata Constitución de la República (1873), trataría de modernizar España en materia de relaciones entre religión y poder con tres medidas que, aún hoy, no se han alcanzado del todo. La primera: El ejercicio de todos los cultos es libre en España (art. 34). La segunda: Queda separada la Iglesia del Estado (art. 35). Y la tercera: Queda prohibido a la Nación o al Estado Federal, o a los Estados regionales o a los Municipios, subvencionar ni directa ni indirectamente ningún culto (art. 36).

Arriba y Castro tenía razón desde su perspectiva nacional–católica en denegar la sepultura eclesiástica de Juan Prim, y no dejaba de ser un exponente más de la intransigencia religiosa en España, un país en el que la “potestad” sobre entierros y funerales de la Iglesia Católica fue más longeva que la propia Inquisición, con episodios lamentables como los pequeños recintos, de puerta angosta, mal llamados de los “protestantes” o de los “suicidas” o como la rocambolesca oposición al descanso eterno de Prim. Los ingenuos amigos de Pere Voltes también tenían razón, a su modo, al reclamar del catolicismo en los años del Concilio Vaticano II una mayor amplitud de miras. Pero ni unos ni otros querían ni podían hablar entonces de cómo muchos católicos en este país habían sido liberales y francmasones en el siglo XIX, de cómo habían hecho compatibles sus creencias con la autonomía de la sociedad política, una autonomía conquistada poco a poco a sangre y fuego, incluyendo la espada de Prim, contra los defensores del Antiguo Régimen, del poder temporal de la Iglesia Católica y de la proscripción de la libertad. A todos ellos y a quienes les siguieron en el franquismo, la leyenda antimasónica les fue muy útil para amedrentar a los espíritus, para lobotomizar las conciencias y para beneficiarse del silencio terrible impuesto mediante el miedo y la coacción. Esta es la cuestión clave ante la que cede en importancia la averiguación de si Juan Prim y Prats fue o no francmasón. Es muy probable que lo fuera, desde luego, pero es más cierto que su agitada vida le pudo dar pocas oportunidades para disfrutar de ello. Vicenç Molina, compañero en el patronato de la Fundación Ferrer y Guardia y profesor de Ética empresarial en la Universidad de Barcelona, considera que, a pesar de la inexistencia de prueba documental fehaciente, los datos existenciales, biográficos, políticos y ambientales le conducen a afirmar la pertenencia de Prim a la Orden, una tesis que defiende desde hace muchísimos años. La verdad es que después de la inmersión de los últimos meses en la lectura de obras y de documentos sobre el de Reus he acabado pensando lo mismo. Si no lo fue, sí sufrió la animadversión anti-ilustrada que están condenados a padecer en España los francmasones, junto a los liberales y a todos los demás heterodoxos, con el alma lacerada y llena de desgarrones y de cicatrices profundas, como evocó en 1931 Fernando de los Ríos, el Hermano Jugam, en las Constituyentes, al defender, precisamente, el artículo 24 y siguientes y, en lo que aquí interesa, el artículo 27.2 de la Constitución de la II República, que quedó redactado así: Los cementerios estarán sometidos exclusivamente a la jurisdicción civil.  No podrá haber en ellos separación de recintos por motivos religiosos.A partir de ahí, Juan Prim fue un político y un militar, liberal y partidario de la emancipación del género humano, con buenos aciertos y con errores graves, merecedor en cualquier caso de que la Historia le estudie con rigor, abandonando apriorismos favorables o desfavorables, así como cotilleos y chascarrillos. ¿Acaso no descansa la obra de la Revolución sobre los sólidos cimientos del sufragio universal, de los derechos individuales, de la libertad religiosa y de la prensa, y de otras tantas conquistas que constituyen una verdadera regeneración política? En la sesión de las Constituyentes de 11 de junio de 1869 resonaron así estas palabras de Prim. Que la francmasonería mantenga viva su memoria en el Oriente Eterno, que es el recuerdo de nuestros antecesores, se me asemeja el cumplimiento de un deber justo y perfecto.

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El autor agradece la ayuda recibida para realizar este trabajo de Quim Besora, Vicenç Molina, Anna Mir, Ramon Salas, Santiago Castellá y Maria Dolors Torregrosa.

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2 pensamientos en “El general Prim, francmasón

  1. Estupendo artículo. Solamente matizar que siempre he creido y escrito que Serrano es el verdadero culpable. Montpensier inició las negociaciones para matar a Prim pero se retiró una vez que detuvieron a los contratados el 14 y 15 de noviembre.
    De los que hemos leído el sumario, Pedrol no tenía un conocimiento previo del personaje y la historia de la época. Los de la Camilo José Cela, desconocían la mayoría de personajes de la época y equivocan nombres y pasan por alto otros. La lista a que aluden, con los supuestos asesinos, aparece dos veces en el sumario, en una con Paul y Angulo en primera posición y otra en tercera. Rueda Vicente contradice a Pedrol porque cada uno encontró una de las listas, no las dos. La segunda lista fue hallada en casa del jefe de escolta (José Mª Pastor) del general serrano. Fue él, el que intentó intoxicar al periodista que le dió la lista a Muñíz.
    Pronto saldrá otro libro mío sobre el personaje Prim y estoy preparando uno nuevo donde escribiré la cantidad de datos inéditos encontrado en los folios del sumario. “Dinamita política” que diría mi paisano Pedrol.

  2. Pingback: ¿Son “ latinoamericanos” los quebequenses? | El Hombre de Cuba Nuestra

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